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Zona de mediocridad

 

Hace un par de semanas escribí en la columna Pasión por el talento de ERIAC Capital Humano en el Periódico El Financiero la columna ¡Viva la zona de confort! (septiembre 09, 2022). En dicha colaboración comenté que el término “zona de confort” siempre me ha causado suspicacia y cuando lo escucho lo hago con bastante recelo, ya que si algo no está roto, ¿por qué repararlo?

Mi postura es sencilla, si la definición de confort es “bienestar o comodidad material”, ¿por qué estar en un lugar que te produce bienestar físico, cognitivo y emocional es malo? Incluso Zygmunt Bauman mencionaba que dado que vivimos en un mundo precario, provisional, ansioso de novedades y, con frecuencia, agotador, nos hemos vuelto consumistas. Obviamente la forma de promover el consumismo es decir frases del tipo: ¡ve por más!; o, ¡tú puedes dar, siempre, la milla extra!; y una que me encanta por manipuladora: ¡el cielo es el límite, conformarse es de perdedores!

Quienes defenestran la zona de confort suelen ver al ser-humano con un enfoque productivista, es decir, siempre puedes hacer un poco más. Cuando dejas de esforzarte y empiezas a disfrutar la vida se te tacha de conformista, ya que, dicen algunos, los talentos son para explotarse, no para enterrarse. Que no nos sorprenda que hoy, para evitar ser conformista, y por ende mediocre, nos hemos convertido, de acuerdo a Byung-Chul Han (La sociedad del cansancio, 2010) en una fábrica de nosotros mismos (hiperactiva, hiperneurótica), donde nos diluimos y explotamos hasta el agotamiento.

En resumen, parecería que impulsamos un mantra que dicta que si hoy te sientes bien y tienes lo que buscas, estás siendo mediocre. ¿Por qué pensamos así? Al parecer este pensamiento tiene un origen religioso. 

Max Weber, filósofo y sociólogo alemán, expone en su libro “La ética protestante y el espíritu del capitalismo” (1905) que la ideología protestante es una de las principales corrientes creadoras del capitalismo (y por ende de nuestra auto-explotación) como lo conocemos hoy en día. En la época pre-capitalista, expone el autor, el comportamiento normal era conseguir el máximo beneficio con el mínimo esfuerzo, no habiendo alicientes para seguir trabajando cuando se ha conseguido lo suficiente para llevar una vida cómoda. En cambio, el protestantismo prescribió el rigor moral y, frente a cualquier tipo de ociosidad, la esforzada dedicación al trabajo, ya que las ganancias y el éxito material son signos del favor de Dios.

Benjamin Franklin, cita Weber, mencionaba que el tiempo es dinero, ya que “el que puede ganar diez chelines diarios con su trabajo y se va al extranjero o se queda desocupado la mitad de ese día, aunque gaste sólo seis peniques durante su diversión o su ocio, no debe considerar ‘ese’ el único gasto; realmente ha gastado, o más bien tirado, cinco chelines además”. 

Como podemos ver, la creencia de que estar en nuestra zona de confort (es decir, llevar una vida abastecida de cuanto conduce a pasarlo bien y con tranquilidad) es estar en una zona de cómoda mediocridad, tiene un origen religioso. Incluso Marvin Harris (el antropólogo más famoso de todos, y quizá también el más criticado) sostenía que siempre hay una causa material para explicar los fenómenos socioculturales; en su libro Vacas, cerdos, guerras y brujas (1974) Harris explica que la mejor manera de prohibir o normar temas al ser-humano es a través de… la religión.

Más allá de este polémico (y aparente) origen explicación de por qué estar en tu zona de confort es malo, definitivamente hoy en día lo más valioso es primero ser, y después hacer o tener. Así que la siguiente vez que te digan que estás en tu zona de confort y por ende estás siendo mediocre, pero tú te sientes bien y tienes lo que buscas física, emocional y cognitivamente… recuerda que esto es solo un constructo de origen religioso.

Epílogo.- Parece que la “Renuncia Silenciosa” no se está dando solamente en ambientes laborales. De acuerdo al sitio web Changing America (septiembre, 2022) también los estudiantes universitarios se están sumando a la tendencia de renunciar silenciosamente, ya que un tercio de los encuestados informan que se esfuerzan menos en el trabajo escolar en un esfuerzo por preservar su salud mental. Mientras que en el ambiente laboral renunciar en silencio se refiere a los empleados que solo hacen estrictamente lo que requiere la descripción de su trabajo, en el entorno escolar, la definición se refiere a los estudiantes que solo hacen lo que se requiere en los cursos y no se esfuerzan por completo o extra. Al igual que en la fuerza laboral, apunta el sitio, las instituciones educativas necesitan abordar los desafíos de sus respectivas poblaciones y sus necesidades cambiantes.

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