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Simonetta.

Visité esta pequeña ciudad italiana ubicada a trece kilómetros al sur de Siena por error, fue durante mi residencia de posgrado en Italia, hace ya casi veintisiete años, renté un carro en el aeropuerto de Florencia, empezaba a anochecer cuando tomé la Strada statale 674 rumbo a Siena. De acuerdo al mapa que me obsequiaron en el sitio de renta el recorrido debía ser de poco más de una hora, tenía que tomar la SS674 y después la SS73 rumbo a Siena. Me percaté que me había pasado de mi salida cuando cerca de las diez de la noche observé en la carretera un letrero que señalaba que estaba llegando a Monteroni d´Arbia. Era ya de noche y estaba cansado cuando divisé el Borgo Antico, un pequeño hotel sobre la Via di Lucignano.

Recordé esa historia cuando la vi entrar aquel caluroso mediodía de verano en la parcela de olivos que había adquirido algunos años después del despiste que me llevó a aquella pequeña y encantadora ciudad de la Toscana. Me dedicaba a la cosecha de la aceituna y la producción artesanal de aceite de olivo extra virgen orgánico, más que negocio, era una forma de entretenimiento. 

Estaba en cuclillas eliminando las hierbas de uno de los olivos cuando llegó; —Al fin te encuentro— espetó ella de pie como único saludo con la mano en la frente a modo de visera para cubrirse el sol. —¿Te olvidaste de mi?— preguntó mas que como una real duda, como un reclamo que no necesitaba respuesta.

Ahí estaba ella, se quedó mirándome sin responder. Era aún cómo la recordaba, solo que un poco mas delgada y con un corte de cabello diferente, ahora llevaba su cabello bien cuidado en una coleta que dejaba al descubierto su alargado cuello y resaltaba el escote de su polo en cuello de pico que dejaba entrever el inicio de un tatuaje que no recordaba haber visto. Estaba enfundada en unos estrechísimos pescadores de mezclilla y unas zapatillas deportivas color blanco. Pensándolo bien, no la conocía, no se parecía en absoluto a la mujer ligeramente rolliza y larga cabellera explotada que yo había conocido. 

Me incorporé lo más rápido que pude, aunque después de estar toda la mañana en esa posición, hacer aquello me llevó lo que me pareció una eternidad; sacudí la tierra de mis rodillas y torpemente le extendí una mano.  

—¿Cómo estas?— balbucee tratando de recomponerme y ordenar mis pensamientos. 

—Así que finalmente convertiste tu sueño en realidad— apuntó ella ignorando mi pregunta al tiempo que recorría la propiedad con la vista. Lo cierto es que no era gran cosa, era apenas poco menos de una hectárea, un terreno enclavado en un pequeño pueblo, de centenares que hay en esta zona del País, de paisajes cambiantes, que alterna sembradíos, olivos y viñedos, cuestas y barrancas, cerros, valles y ríos. Había sido una propiedad de veraneo que perteneció a una pareja de americanos y a la cual se mudaron una vez que él se jubiló. Eran dos casas pequeñas casas independientes de un solo piso cada una, conectadas por un patio techado y un granero de doble altura. El anterior dueño había comprado la huerta de olivos y había mandado construir las casas de piedra amarilla y techo rojo, siguiendo todo el cliché italiano que solía ver en las películas americanas. En una vivirían él y su esposa, y la otra la podría usar su hijo y sus nietos cuando vinieran de visita a esta región. Lo cierto es que el hijo apenas y estuvo brevemente en dos ocasiones. De hecho, la segunda ocasión que la visitó fue cuando firmamos el contrato de compra venta; tan pronto la heredó, la había vendido. Quizá esta historia fue lo que me hizo decidirme por la propiedad, tenía una historia triste y melancólica, similar a los paisajes que por aquí se pueden ver, montañas y llanuras verdes seguidas por yermas tierras de color entre grisáceo y amarillento.

—¿Por qué abandonaste México?— preguntó mirándome intensamente con sus ojos cafés. Me resultaba hasta cierto punto cómico. Ella hablaba como si yo no estuviera ahí

—No lo abandoné, solo me fui— tardé en responderle, no estaba seguro si realmente era una pregunta para mí o seguía su diatriba. El lugar era un poco incomodo para seguir la conversación, quería lavarme las manos y la cara, beber un poco de agua, estirar las piernas y entender qué demonios hacía ella aquí; —¿Quieres beber algo?— pregunté para poder movernos de ahí.


***


—¿También haces vino?— su pregunta fue ya en un tono distendido, era como una pequeña tregua a nuestro encuentro inicial. Estábamos sentados bajo el patio techado que conectaba las dos propiedades, me había lavado un poco y cambiado la camisa. Saqué dos copas y una botella de vino sin etiqueta. Aunque la temperatura en aquellas fechas de verano era particularmente calurosa, la temperatura bajo la sombra era agradable, un vientecillo hacia mucho más llevadero el mediodía.

—No, lo cierto es que ni siquiera lo he intentado— respondí sonriendo, —Es vino local, lo compro en algunas de mis escapadas por la zona, es impresionante la calidad del vino y el bajo precio que puedes encontrar por aquí—

—Veo que vendes aceite de oliva, ¿cómo te va con ello? — intentó continuar con la conversación relajada. Ahora me daba la atención que evitaba abordar el tema que la había llevado hasta acá. 

—Es algo similar a los vinos, por esta zona hay muy buen aceite a muy buen precio, lo cierto es que no es un gran negocio, así que se lo vendo a unas tiendas que a su vez lo venden a turistas que están mas interesados por la etiqueta y lugar de producción que por la calidad del aceite—

—¿Por qué me dejaste?— preguntó abruptamente dándole nuevamente un giro a la conversación. Al parecer ya era hora de abordar su visita.

—No me alejé, solo me fui, en el momento en que tu te alejaste— respondí manteniendo la mirada fijamente en mi vaso de vino, era consciente que evitaba su mirada. —Tus eras… tu— titubeé.

—¿Yo era qué?—

—Tus eras el amor de mi vida— dije finalmente, —Aunque eso fue ya hace muchos años— dije tratando de restar importancia a mi confesión.

—Y ¿por qué nunca me lo dijiste? —

—¿El qué? —

—Eso... que tu sentías eso por mi— dijo ella lentamente.

—¿Qué tu eras el amor de mi vida?—  repregunté con el afán de ponerle palabras y sentimientos claros a la conversación; —Claro que te lo dije, solíamos platicar de ello, mucho—

—Pero…— ahora era ella quien titubeaba; —yo, pensé…pensaba que…— se interrumpió dando un generoso trago a su vaso de vino.

Guardamos silencio, no era un silencio incomodo, eran muchos años de diferencia, era tratar de encontrar los rostros de los dos jóvenes que solíamos ser, en estos cuerpos de adulto, era quizá celebrar la oportunidad de encontrarnos nuevamente.

—Y un día, tu estabas comprometida— apunté.

—Eso nunca sucedió, ¿sabes? Después de aquello, tu desapareciste, y yo rompí el compromiso, pensé que regresarías. Creo que aun lo sigo esperando— se confesó con lagrimas en los ojos, por primera vez, en un rato, nuestras miradas se cruzaron.

Me quedé callado y bajé la mirada, creo que ella esperaba alguna respuesta de mi parte. Nunca me enteré de ese desenlace en su vida. En una época donde no existían las redes sociales, los Facebook, twitter o Instagram uno no tenía manera de enterarse de la vida de las otras personas en tiempo real. En dos o tres ocasiones, hacia ya algunos años cuando tuve Facebook cruzó por mi cabeza buscarla, no lo hice nunca, no se si fue por indecisión, miedo, o tan solo falta de interés. Reparaba en esto cuando se escuchó en la grava del camino de acceso a la propiedad el crepitar de un vehículo acercándose a baja velocidad e instantes después el chirriar de los frenos de pie y el muy familiar chasquido del freno de mano al accionarlo. Ella, con sorpresa desvió la mirada hacia la silueta que estaba de pie a pocos metros de mi espalda e hizo un vago intento de ponerse en pie.

—Te presento a Simonetta, mi esposa— le dije.


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Ray Bradbury (1920- 2012) apuntaba que "no es posible escribir 52 malas historias seguidas" por lo cual cada uno debemos —y podemos— escribir una historia corta por semana. ¡Sin reglas, sin limites! 

#Semana9

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