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Silencios.


Había perdido la noción del tiempo, no recordaba cuanto tiempo había estado sentado frente a su escritorio repasando esos malditos informes. Masajeo el puente de su nariz con los dedos, allí donde unos imaginarios lentes habían dejado pequeñas marcar rojizas. Giró la cabeza hacia su derecha con dirección a la gran ventana que daba al norte. En algún momento la luz del día había empezado a extinguirse, una luz mortecina iluminaba tímidamente los valles de aquel campo. A lo lejos, se veían de manera intermitente, las luces de la ciudad que empezaban a encenderse. Calculó que debía ser poco mas de las seis de la tarde. El horario de verano, definitivamente, no le sentaba nada bien. Tomó su taza de café y bebió un sorbo de los restos que aun quedaban, supuso que el líquido ya estaría frio. Nuevamente acertó.

«He de haberme quedado dormido» pensó poniéndose de pie. Con todo y que la puerta de su oficina estaba entre abierta, no oía ningún ruido. Probablemente ya todos se habían marchado, pero al menos debería estar escuchando el monótono motor de las aspiradoras del personal de limpieza. Ordenó los papeles que tenía frente a él, dejó el lapicero en el recipiente porta plumas, se puso de pie y acomodó la silla metódicamente en el escritorio. Él no reparó en aquellos movimientos rutinarios, pero aun y que se sentía un tanto atribulado, no se daba el lujo de abandonar la pulcritud de sus hábitos.

Caminó unos pasos rumbo a la puerta de la oficina, abrió la puerta lentamente y se dirigió al escritorio más próximo, el área de los analistas de riesgos, era raro no toparse con algún rezagado, o con un novato que le había tocado preparar los reportes que indefectiblemente debían estar en su escritorio a las 7:45 de la mañana de lunes a viernes. Intentó aflojarse el nudo de la corbata, pero su mano se topó con el cuello de la camisa desabotonado, olvidó que desde hacía un par de años ya no se usaba corbata en la oficina. Sus pasos resonaban en la duela del pasillo, le sorprendió notar el murmullo de las pantallas de los ordenadores encendidos. Un suave siseo de estática que en el trajín del día a día, se pierde entre los cientos de voces del piso. Una leve pero perceptible corriente eléctrica lo recorrió por la espalda, se sintió repentinamente incomodo, se detuvo en medio de una intersección de pasillos y se asomó por encima de los cubículos de las oficinas. No escuchaba nada, el aire acondicionado debía estar apagado, pues, aunque la temperatura era agradable, no corría ni una pizca de aire. Solo el siseo de la estática. Instintivamente llevó las manos a los bolsillos, era como un acto reflejo de estupor, pero también de defensa, como si con eso lograra mimetizarse con el ambiente y pasar inadvertido.

Parecía como si todos se hubiesen puesto de pie, tomado sus artículos personales y abandonado la oficina de forma apresurada. Las sillas en los escritorios estaban dentro de su respectivo cubículo, sin orden alguno; como cuando sentado te impulsas hacia atrás para levantarte de tu escritorio y la silla queda dando un medio giro caprichoso producto del impulso que recibió momentos antes. Era como si hubiese habido un simulacro de evacuación, donde las reglas de seguridad te prohíben hacer nada; aunque él sabía que en un simulacro la gente procura dejar las cosas un poco más en orden, pues finalmente la alarma es ficticia, es solo eso, una recreación. Pero en este caso él no había recibido el aviso de ningún simulacro, ni había escuchado el sonido de las sirenas, por más que se hubiese quedado dormido, tendría que haber escuchado algo, con o sin sirenas; con o sin simulacro; un edificio repleto no se puede desalojar sin hacer al menos un poco de ruido.

Su incomodidad se convirtió rápidamente en inquietud, aquello no era normal, ese silencio, ese siseo de las pantallas. No, definitivamente algo no estaba bien; algo no le estaba haciendo sentido de todo eso. Sintió las axilas húmedas y pequeñas perlas de sudor en la frente; había algo en aquella quietud que le molestaba, cuando de repente se puso de pie... ...había perdido la noción del tiempo, no recordaba cuanto tiempo había estado sentado frente a su escritorio repasando esos malditos informes...«He de haberme quedado dormido» pensó al tiempo que masajeba  el puente de su nariz con los dedos...



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Ray Bradbury (1920- 2012) apuntaba que "no es posible escribir 52 malas historias seguidas" por lo cual cada uno debemos —y podemos— escribir una historia corta por semana. ¡Sin reglas, sin limites! 


#Semana10

Comentarios

  1. masajeaba el puente de su nariz... no se porque el leer esa frase me hace pensar en policías o algo así... jajaja saludos!!!

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