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Amanecer.

Hacía poco menos de un año que su padre había quedado viudo, no sabía a quién le había costado más trabajo sobrellevar esta nueva faceta de su vida, si su papá que había perdido su compañera de vida o a él que había perdido su madre.

A raíz de la pérdida su padre había adquirido algunos hábitos nuevos; solía pensar que esto era algo normal e inevitable, pero había uno de estos que le llamaba particularmente la atención; todas las mañanas antes del amanecer su papá se enfundaba sus pantalones de mezclilla y zapatillas deportivas, preparaba café que vertía en su termo y se abrigaba con su desgastada chamarra de pana —regalo de su madre de navidades anteriores que su padre aun atesoraba con cariño— antes de salir de casa y abordar su carro con rumbo desconocido.

Los escapes de su padre eran cortos, nunca más de 45 minutos, pero le causaban una mezcla de intriga y preocupación. En más de una ocasión le preguntó acerca de esas escapadas de madrugada, pero él tan solo le daba respuesta vagas antes de cambiar el tema de forma apresurada.

Una de esas tantas madrugadas decidió seguir a su papá, por lo cual esperó a que él saliera para escurrirse por la puerta de servicio. Lo vió encender el vehículo, sintonizar alguna estación en la radio, y salir de la cochera con un manejo cansino. De inmediato abordó su vehículo y comenzó su seguimiento de forma prudente. Su padre tomó camino rumbo a la carretera serrana interestatal cuyo entronque pasaba a pocos kilómetros de ahí.

La carretera serrana era mas bien una especia de camino vecinal angosto y escarpado de baja velocidad, sin acotamiento y con un solo carril por sentido en el cual rara vez se producían accidentes. La carretera estaba flanqueada por una densa vegetación de coníferas y encinos y algunas especias de helechos donde las condiciones lumínicas lo permitían. Por la misma espesura del bosque las salidas a caminos secundarios eran abruptas y poco visibles, muchas de ellas sin señalización, por lo que corría el riesgo de que su papá tomara alguna de aquellas salidas y él no lo notara, así que arriesgándose a que su padre descubriera la luz de los faros del carro que lo seguia, decidió acercarse un poco más, aunque al parecer su papa iba tan ensimismado que resultaría difícil que reparara en que lo seguían. De repente su padre disminuyó la velocidad, por lo que pensó que lo había visto seguirlo, sin embargo él puso su direccional, se orilló hacía un pequeño claro de grava que se abría entre los árboles y detuvo el carro. 

Su hijo maldijo entre dientes, como si temiera que alguien pudiera escucharlo dentro del habitáculo del vehículo; y aunque conocía bien el camino, no recordaba una salida donde pudiera parar y regresar caminando para observar su padre; pero poco menos de trescientos metros más adelante, encontró la salida hacia un camino secundario de terracería, y sin importarle que aquella senda era de un solo carril para ambos sentidos detuvo su carro, se apeó de inmediato y empezó a caminar apresuradamente entre la grava. Para su sorpresa no tuvo que caminar mucho, desde esa zona podía ver un poco más abajo y a poca distancia su padre, en el claro en el que él se había detenido. 

Su padre, recargado sobre un tronco caído,  daba pequeños sorbos al café de su termo con la mirada perdida hacia lontananza, en el cielo empezaban a disiparse timidamente las sombras de la madrugada cuando de un de repente  el cielo adquirió un color violeta intenso que rápidamente se convirtió en un profundo en intenso color rojo alheña que al mezclarse con el amarillo los primeros rayos del sol creaba un embriagador cielo naranja. 

El espectáculo duró a pocos minutos, tan solo un suspiro, una efímera pero sobrecogedora fugacidad en la que dejó de observar a su padre. Cuando enfocó nuevamente en dirección a donde él se encontraba vio que este enjugaba unas lágrimas de sus ojos, doblaba una fotografía que guardó en el bolsillo interior de su chamarra, y regresaba a su auto dando un largo suspiro. 

Se sintió apenado y disgustado consigo mismo por su preocupación y desconfianza; al parecer su padre iba cada mañana a ese lugar a platicar con su esposa, su madre. Miro nuevamente en el firmamento que ahora estaba más celeste que nunca con el sol que ya se posaba sobre el firmamento con intimidante autoridad y enjugó las lágrimas que invadían su rostro, se despidió de su mamá y dijo gracias. Un nuevo día había comenzado.


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¿Qué es el #RetoBradbury2019?

Ray Bradbury (1920- 2012) apuntaba que "no es posible escribir 52 malas historias seguidas" por lo cual cada uno debemos escribir una historia corta por semana. ¡Sin reglas, sin limites!


#Semana1

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