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Miedo.

“El miedo, en su luz, cuida desde la protección, poniéndonos alerta y haciéndonos actuar de manera acertada para cuidar eso que podemos perder. Cuida la supervivencia. Es un consejero fiel y leal”
   Lucila Mejía

Una de las preguntas que de tiempo en tiempo rondaba por mi cabeza era referente a como iba a ser mi primera lesión de corredor. Era saber si algún día tendría que parar de correr.

Al inicio fue una ligera inquietud, una vaga desconfianza, el presentimiento de que algo no iba bien. Cuando el vehículo se detuvo a mi costado, mi inquietud aumentó, sin llegar a configurarse -aún- como miedo, pero por precaución, o quizá por desconfianza, dejé de hacer mis estiramientos previos a mi entrenamiento y empecé a trotar en dirección opuesta al morro del carro.

La única seguridad que un corredor regular tiene, es que en algún momento tendrá algún tipo de molestia o algún tipo de lesión, ya sea pequeña, casi imperceptible; o grande, que te orille a dejar correr. 

Cuando el carro giró con con dirección a donde yo empezaba a trotar, el miedo se hizo presente de forma inconfundible. Mi cerebro racional trataba de convencerme de que se trataba de una simple coincidencia; pero mi cerebro reptiliano, lanzando una descarga eléctrica que recorrió mi cuerpo, puso mi cuerpo bajo su control.

Una lesión depende de muchas cosas, pero la disciplina es un buen antídoto o retardador de estas. Ser cuidadoso del entrenamiento, calzado, peso, constancia, sueño, alimentación, descanso, entre otros, son elementos que ayudan a eludir las lesiones. No es la panacea universal, pero evidentemente ayuda a minimizar el riesgo. 

En el momento en que el conductor aumentó la velocidad prácticamente no me quedaba duda alguna de que la situación, a las cinco y media de la madrugada en una zona poco iluminada, sin gente, ni tráfico, era algo totalmente atípico. 

Nunca tuve alguna lesión que me obligara a suspender mis entrenamientos, solo molestias menores, parte de la fatiga normal del incremento del entrenamiento previo a un maratón, lo que solucioné con masajes de descarga y descansos menos espaciados.

Ya estaba preparado para “algo”. No sabía que era ese “algo”, pero me quedaba claro era inminente. Llegando a la esquina, el conductor me cerró el paso atravesando el carro. Un temor indescriptible se apoderó de mi. Me embargó una extraña y desconocida aprehensión.

Estela Chávez, mi coach, sabe que no soy propenso a las lesiones, de hecho y según me recordó, esa era la primera ocasión que cualquier tipo dolor de dolor físico, me obligaba a suspender un entrenamiento. Era la primera vez que le llamaba para decirle que no podía correr, que sentía un dolor desconocido para mi, me dolía la parte trasera de mi pierna izquierda.

El conductor me “aventó” el carro cerrándome el paso y acorralándome. Gritó. No pude percibir que dijo, yo ya estaba de espaldas, corriendo nuevamente en sentido contrario al vehículo. Fue una reacción instantánea. Tan pronto me cerró el camino con el vehículo giré ciento ochenta grados y corrí. Corrí más rápido de lo que recuerdo haberlo hecho nunca. Fui consciente del miedo y aprehensión que se había apoderado de mi cuerpo y pensamiento una vez que yo ya había salido disparado. A ambos lados de la calle hay matorrales chaparros, una vegetación sumamente espesa con pocos puntos de acceso a veredas que llegan a ningún lugar. Quizá por el hecho de haber corrido tanto tiempo por esa ruta, conocía los pocos puntos a donde dirigirme. 

Lo peor de lesionarte, es lesionarte a pocas semanas de un maratón. Me preocupaba no poder llegar “a punto” para mi siguiente carrera. Quizá el mismo hecho de no haber padecido antes una lesión deportiva es que no sabía con quien acudir por lo cual le pedí a Estela que me contactara con alguien que pudiera ayudarme. 

El carro giró nuevamente y aceleró con dirección a donde yo corría con todo mi ser. El tramo que tenía que librar antes de tener opciones de salida era de poco menos de trescientos metros. Una distancia infinita cuando, a pie, te viene persiguiendo un carro.

Estela me sugirió que asistiera al consultorio de Mónica Lona para que me revisara y valorara. Incluso me ayudó a conseguir cita ese mismo día pues la agenda de Mónica suele tener pocos huecos. 

Llegué al punto que buscaba, una zona donde inicia un camino de terracería paralelo a la calle por la cual yo venía corriendo. Salté a la terracería y recorrí algunos metros antes de tropezar con una piedra, caí sobre mi costado izquierdo y sin prestar atención al dolor y a la falta de aire producto de la caída, me puse de pie de un brinco y me escabullí hacia una vereda por entre los matorrales. 

Lo mejor de mi visita con Mónica, fue cuando me dijo que no se trataba de una lesión. Era solo fatiga del semitendinoso, un musculo que está ubicado -según aprendí- en la parte posterior del muslo. La molestia era producto probablemente de en mi caída, por haber abierto demasiado el arco de las piernas.

No supe si quien conducía el vehículo alcanzó a ver mi caída o mi ruta de escape. Yo estaba detrás de los arbustos cuando el carro paso a un costado de mi, bajando la velocidad pero sin detenerse. Me quedé ahí, agazapado y adolorido entre los matorrales. No estoy seguro cuanto tiempo estuve ahí, pero fueron quizá poco menos de diez minutos antes de irme, asustado, con mucho miedo y con la rodilla sangrando por la caída, a mi casa.

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