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Probable veintitrés.


—Tengo un probable veintitrés— confirmó por radio la responsable de la torre numero uno con la monotonía de quien esta acostumbrada a ver potenciales e intrépidos aventureros, declinar con poca elegancia, la empresa que iban a ejecutar.

Volar sobre la selva maya en una polea suspendida por cables no debería representar, al menos hipotéticamente, demasiado problema. 

El conflicto se presenta cuando el plan que ejecutaste mentalmente en medio del tedio del asiento clase turista de tu viaje -y con un folleto entre tus manos-, se enfrenta a una realidad suspendida a 45 metros de altura (3.3 segundos aproximadamente para llegar -azotar- al suelo en caída libre) con una duración de 80 segundos (¡un minuto con 20 segundos!, dicho de otra forma, no los aguantas bajo el agua) a una velocidad de 30 kilómetros por hora (un atropello de un peatón a esta velocidad por un carro tiene un 15% de probabilidades de ser mortal); ¡Hacerlo a la primera sería una ejecución impecable de lo planeado!

Ese día el numero de paseantes (o intrépidos) era escaso, después de recibir una concisa explicación del mecanismo, medidas de seguridad y ajuste del equipo (del cual por cierto, en un ¿espontáneo-instintivo? impulso de seguridad, solicité un "double-check"), subimos a la primer torre. La mañana era tibia y despejada, la humedad alta, sin ser severa, y poco viento; las pocas personas formadas al inicio del grupo (nosotros estábamos estratégicamente situados al final) fueron deslizándose una a una (o de dos en dos si se lanzaban en pareja). 

Llegó mi turno, pasé el cordón de seguridad, me amarraron a una linea de vida mientras enganchan el arnés al cable de acero con doble refuerzo (punto a mi favor: indagué la calidad y especificaciones del equipo previamente) y finalmente me quitaron la linea de vida y me pidieron: "desliaste, déjate caer".

Y ahí se empezó a fraguar mi “probable veintitrés”. Más allá que describir como estaba asido férreamente a los barrotes de la plataforma, relatar como mi frente y mi cuerpo se empapaba de sudor como si me acabasen de vaciar una tina de agua, o las probables rutas de escape (poco honoríficas, por cierto) que rápidamente identifiqué; debo argumentar a mi endeble defensa la sensación vivida:

. . .estas en la relativa seguridad de una plataforma a poco menos de 45 metros de altura, tu mirada no alcanza a calcular con precisión el fondo del abismo camuflado por la tupida vegetación selvática, y el responsable de la plataforma te pide, que en un acto de ciega fe, te tires al vacío mientras sientes como la gravedad intenta succionar tu cuerpo. . .

Y después de que ella terminara la frase del “probable veintitrés” y sin yo esperar respuesta de su interlocutor radial, en un ultimo intento de rescatar algo de mi mancillada vanidad, pendía del vacío de la selva maya.

Epílogo.- En rescate de esta aventura, apunto que fui testigo de un valiente que desistió de terminar la ruta después de dos saltos…y sin avisarle a su esposa e hijos que lo acompañaban.

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