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Vuelo privado con American Airlines



MONTERREY, N.L. Diciembre 10, 2014 (Sala de última espera del aeropuerto).

—Todos los grupos pueden abordar ahora el vuelo 1272 con destino a Dallas, Texas— advirtió de forma divertida, pero protocolaria la representante de American Airlines; tomó con formalidad mi pase de abordar y pasaporte; escaneó el primero y levantó el segundo a la altura de mi rostro para cotejarlo. Terminada la rutinaria revisión me sonrió al tiempo que apuntaba —Bienvenido Señor Segovia— Recorrí de forma rápida el anden de abordaje encontrando a mi paso rostros que reflejaban una mezcla de diversión y sorpresa para llegar finalmente a la puerta del avión y confirmar que tenía un flamante, nuevo (y vacío -por cierto) Airbus 319 a mi entera disposición.

Los tres sobrecargos, Cindy, Linda y Julio, me recibieron con sendas sonrisas, tomaron mi abrigo y cuando iba rumbo a mi lugar, me invitaron a tomar asiento en primera clase; un ascenso previamente autorizado por el piloto de la aeronave. Me senté, abroché el cinturón de seguridad y me ofrecieron una copa de vino. Momentos después Julio, responsable de sobrecargos, inició el protocolo de seguridad previo al despegue (lo cual fue una sorpresa tomando en cuenta que era el único pasajero) y al terminar remató: —Le damos la bienvenida al señor Segovia, por favor disfrute su vuelo— posteriormente, el avión empezó el rodaje a pista y despegue.

Una vez que el avión alcanzó la altura de crucero, el Capitán Curt se dirigió a los “pasajeros” para desear un buen viaje, dar pormenores del vuelo tales como velocidad, temperatura en destino, puerta de arribo, etcétera; y al final sentenció; —Doy la bienvenida a nuestro pasajero señor Segovia; por favor disfrute su vuelo privado y los 3 miembros de la tripulación que están a su entera disposición— una carcajada colectiva hizo eco en la cabina de primera clase a diez mil pies de altura en un flamante avión vacío.

Esa fría madrugada de diciembre amaneció lloviendo y con una espesa niebla, mi vuelo salía a las ocho de la mañana, por lo cual salí de casa rumbo al aeropuerto en punto de las cinco y media. Como era de esperarse el vuelo estaba retrasado por condiciones meteorológicas; y de estar inicialmente re-programado para las diez de la mañana, cambió a las once, doce y finalmente dos y media de la tarde. Y entre revisar la nueva hora de salida, tazas de café, intentos por programar nuevamente las reuniones de ese día y tomar un par de conferencias por teléfono, transcurrió aquella mañana en el salón de espera de American Express.

Poco después de la una de la tarde, se acercó uno de los meseros del salón a preguntarme —Cual es su destino señor—

—Dallas— respondí.

—¿En el vuelo de las ocho de la mañana? inquirió


—Si— afirmé inquiriendo su rostro en espera de una respuesta que empezaba a imaginar.

—Re-asignaron a todos— dijo con preocupación y continuó; —Salieron en el vuelo de la una de la tarde— sentenció lacónico. Supuse que debía enojarme conmigo, con la página de internet de American Airlines, con el mesero, o con alguien; pero una extraña calma chicha me invadió, con parsimonia guardé mis cosas y me dirigí a la puerta de embarque.

«¡Pero si ahí esta el avión!» me dije al llegar a la puerta; «y el vuelo sigue anunciado en el monitor» me auto confirmé; «No hay un solo pasajero en los alrededores, pero ya han de aparecer» concluí.

—Señorita, ¿a que hora empieza a abordar el vuelo 1272?— pregunté con falsa seguridad a la representante de la aerolínea.

—Ese vuelo no va a salir— respondió desconfiada.

—¡Oh Si!— mencioné con énfasis; —Ahí está anunciado y aquí está mi boleto—

—Pero, pero— dudó antes de continuar; —El vuelo ya salió; y todos abordaron—

—No todos, aquí estoy yo— respondí con una sonrisa como si acabase de aparecer de una acto de magia de un show de carpa.

—Puedo ofrecerle el vuelo de las siete de la tarde—

—¿Y ese avión?— pregunté señalando el avión del que descendían pasajeros.

—Regresará a Dallas…pero vació— sentenció.

Y de ahí empezó una ardua y fina negociación de mi parte (elegante eufemismo para disfrazar mi pertinaz y terca -pero muy amable- suplica para que me permitieran irme en el avión). Ella accedió hablar con el Capitán; y algunos minutos después salieron ambos; —El es el pasajero— dijo ella.

—Que asiento trae— preguntó con formalidad el Capitan Curt.

—22-A— respondí.

—Creo que puedo hacer algo mejor por usted— me dijo amable

—¿irme con usted en la cabina del piloto?— pregunté.

—Eso definitivamente; no— respondió con una sonrisa.

Con el último sorbo a mi vaso de vino; desde la cabina de pilotos anunciaron a “nuestro único pasajero” que estaba por iniciar el descenso rumbo al aeropuerto Internacional de Dallas-Fort Worth; una vez que llegamos a nuestra puerta de desembarque tomé mis cosas, me encaminé a la salida del avión y ahí me esperaba el Capitán Curt para despedirme con un fuerte apretón de manos al tiempo que dijo: —¿Qué se siente viajar solo en un avión de cien millones de Dólares como el presidente de algún país?—

Sonreí y dije gracias, acababa de disfrutar el mejor vuelo de la historia.


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