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Maratón sin chip

Foto tomada después de la carrera. 
Aún trato de disimular la frustración, enojo y tristeza en mi rostro.

—¿En serio? — preguntó con sorpresa a mi costado una voz desconocida con marcado acento defeño.

—¿Perdón?; ¿Qué me decías? — contesté con fastidio y desgano mientras caminaba por la Plaza de la República rumbo al sendero arbolado del Jardín de Tiergarten que me llevaría a los corrales de salida.

—¿Qué si hablas Alemán? — repreguntó en tono amable haciendo caso omiso a mi mal disimulada molestia.

Hacía apenas unos minutos, cuando recién había entrado al corral que me correspondía en el maratón de Berlín, ubicado sobre la calle Straße des 17 a un costado del Monumento Conmemorativo Soviético, hice un fatídico descubrimiento: Había olvidado el chip de la carrera en el hotel. Al igual que una mala película cinematográfica, mi mente se trasladó en cámara lenta recorriendo, con lujo de detalle, todo el camino de regreso al hotel hasta detenerse en el pequeño compartimiento dentro de la mochila de mi cámara fotográfica donde yacía el pequeño artefacto de plástico color gris con el logo de la BMW al frente. Miré confundido hacia el frente y de inmediato volví a mis zapatillas deportivas, imaginando quizá que con este acto el chip podría aparecer amarrado entre las agujetas mientras me decía con sorna  « ¡Aparecí!; solo quise jugarte una mala broma ».

Un repentino golpe de calor me nubló la mirada e hizo trastabillar en aquella fría mañana que hasta hace pocos instantes calaba en mis huesos y se colaba a través de mi escasa ropa deportiva; tuve que sostenerme de la malla de acero portátil que delimitaba el sendero de la zona boscosa para no caer. En un segundo e infructuoso intento por creer que aquella era una mala jugada de mi imaginación recorrí con la vista de manera sistemática mi calzado  y el de los demás corredores al tiempo que repasaba mentalmente el protocolo de preparación de la carrera que había seguido de forma meticulosa dos días antes: Preparé mi camisa de competición; puse el número oficial; extendí la camisa deportiva térmica, comprobé los pants, sudadera, gorro para el frío, guantes, cinturón con geles…menos el chip…Y entonces el chip, desde su escondite en la mochila, me regresó una mueca de ironía que distorsionaba las iniciales de la caratula del fabricante alemán de automóviles Bayerische Motoren Werke.

Fue entonces que hice lo que se espera de todo hombre maduro y responsable: Me jalé los cabellos y caí en un ataque de pánico. «Respira, respira» me dije más como una orden que como una recomendación. Quedaban aún cuarenta y cinco minutos antes del inicio y supuse que tenía tiempo suficiente para regresar a los guardarropas, solicitar la bolsa plastificada que dejé en resguardo, alcanzar el celular ahí guardado y tratar de que me llevaran el chip a la zona de salida. Regresar a la zona de guardarropa fue toda una proeza que requirió casi veinte minutos para encontrarme con una firme mujer alemana que me dijo con un tono que no se prestaba a discusión que por ningún motivo podían regresarme mi bolsa hasta después de finalizada la carrera.

Y en ese momento me sentí abatido.

Derrotado y descorazonado, dejé nuevamente el área de guardarropas ubicado a un costado del Reischtag y me encaminé al punto de salida a través de la plaza de la República a paso cansino y sin conciencia, tan solo siguiendo al resto del contingente de corredores.

—No — contesté apenado a mi interlocutor; —No hablo alemán — puntualicé y continué: —Discúlpame, la verdad es que me acabo de dar cuenta que olvidé el chip de la carrera y no estaba prestando atención — dije haciendo un heroico pero vano esfuerzo por esconder una voz quebrada y sollozante.

—´Ombreee compadre; ni te preocupes por eso — me dijo con una carcajada y su marcado acento cantado; —¡Es más! yo te doy el mío, o podemos chingarnos a un alemán y le bajamos su chip, tú lo distraes y yo se lo apaño — continuó haciendo una breve pausa para tomar aliento antes de continuar disparando: —Para lo que sirve el pinche Chip, salvo que busques tiempo clasificatorio. Pero si es lo que estás buscando, yo tengo un amigo que es notario y le decimos que te haga tu certificado, ¡a huevo!; o aún mejor: vamos y lo compramos en Tepito con el tiempo que quieras y ya chingaste — concluyó palmeando mi espalda en señal de haber resuelto el más grande de los problemas que aquejaban a dos mexicanos previo al toque de largada del maratón.

—Gracias — le dije con una risotada al tiempo que me despedía de él con un sincero abrazo de compadres mexicanos;  —Realmente gracias — reforcé antes de que cada uno tomáramos el camino a nuestros respectivos corrales de salida.

En ese momento me di cuenta que siempre tuve dos opciones: (a) lamentarme y llorar, o; (b) ponerle al mal tiempo buena cara y correr con el corazón. Opté por tomar ambas opciones. Después de ejecutar con maestría la opción (a), corrí y corrí y corrí. RP nunca oficial: 03:46'37"

Epílogo.- Tres meses después, recibí un correo donde me pedían liquidar los veinticinco euros del costo del chip por no haberlo regresado al finalizar la carrera.  

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